Y, con todo, vuelve a llegar el frío. Si nada hubiera cambiado, volverían también las noches de té, manta y Bradbury. Sin embargo, esta vez es distinto. Toca despedirse, hacer las maletas y exiliarse.
Tu hogar emocional se ha teñido con matices hostiles e inhóspitos, te lo han industrializado. Se han atrevido a construir raíles sobre él, a enterrar los restos mortales de tu ya caduca felicidad bajo capas y capas de gravilla. Estaba ahí siempre que necesitabas apagar las luces y volver al pasado, pero ahora, de la misma forma en que una madre de familia se entera por correspondencia urgente de que su marido murió hace un mes en el frente, descubres el inesperado cambio, la deshogarización. Tu cuerpo se hiela y el proceso de pérdida de identidad se completa, pues lo único que creías aún con vida de tu auténtico yo desaparece. Descubres que lo que antes te proporcionaba una reconfortante sensación de protección, ahora te amedrenta, te asusta. Se muestra ante ti la muerte cerebral, el tener que decidir entre estar conectado a un respirador artificial mientras esperas un órgano compatible o desconectarte. Dejas una amapola roja en el suelo, te santiguas y aceptas cayendo de rodillas la imposición del blanco y negro como la nueva paleta cromática principal de tu atmósfera diaria. Y, asumiendo todo ello, aceptas consolarte en un pozo de recuerdos distorsionados que, por cierto, cada vez son menos. Intentas atraparlos como si estuvieras tratando de guardar agua en la palma de tus manos, pero se escurren, se olvidan. Los malos tiempos parecen ganar y asumes la triste e inevitable deconstrucción de tu autenticidad, de lo único que ha tenido realmente cabida en tu corazón alguna vez, de tu pasado.
El frío llega sin piedad mientras tú estás totalmente desprotegido, sin abrigo alguno. El frío llega… y esta vez hiela más que nunca.
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