Auch. Ese fue mi primer pensamiento al despertarme esta mañana: el dolor de muelas se había agudizado. Ha sido el primer día de la semana que no he pisado el piso hasta bien entrada la tarde… por desgracia. Hacia las 16:25 ya me había librado del examen de Textos Griegos que me tenía tan nervioso pero, dos horas más tarde, tenía que enfrentarme al dentista. La felicidad que sentía tras acabar el control no me duró mucho. Mi madre se hartó esta mañana y me exigió acudir a un especialista, a fin de que me hiciera un diagnóstico concreto de lo que me está molestando tanto en la boca y, bueno, al final ha resultado que es más grave de lo que pensábamos. Probablemente me tendrán que operar, así que disculpadme si la entrada de hoy no está a la altura de las anteriores, pero esta noche sí que estoy desconcentrado, nervioso y dolorido.
Necesitaba urgentemente relajarme después de cenar, así que, cuando mis compañeras de piso se han ido a dormir y me han dejado libre el salón, he apagado las luces y me he puesto mi playlist de instrospección. La última en sonar, Between The Bars, ha sido la que mejor ha cumplido con la labor de destensar mis músculos (y mi cuerpo en general, vaya). No os he hablado de ella todavía pero, para mí, es bastante más que una canción. La descubrí hace muchos años, y hasta hace poco he creído que el chico que la cantaba seguía vivo, pero no. Me cautivó desde el primer instante con su letra y su melodía, pero, con el tiempo, fue adquiriendo para mí un significado que va mucho más allá de eso. Cada vez que la escucho va directa a donde duele (y no me refiero ahora a mi muela). Se clava con toda su fuerza en el epicentro del dolor. Terapia de choque. Duele mucho, pero sólo al principio, pues inmediatamente después el dolor se va y deja en su lugar un vacío liberador. Es la canción que deseo que suene en mi funeral, anotadlo. Between The Bars me acompaña en cada cambio de etapa relevante. Estuvo ahí hace 2 años y está presente ahora. Es el centro de su contenido lírico lo que va a dar pie a mi entrada de hoy: la adicción al alcohol y a las drogas como respuesta al dolor emocional, el más difícil de curar, como respuesta al dolor del alma.
‘Drink up, baby, stay up all night
With the things you could do, you won't but you might
The potential you'll be, that you'll never see
The promises you'll only make
Drink up with me now and forget all about
The pressure of days, do what I say
And I'll make you okay and drive them away
The images stuck in your head
People you've been before that you
Don't want around anymore
That push and shove and won't bend to your will
I'll keep them still
Drink up, baby, look at the stars
I'll kiss you again, between the bars
Where I'm seeing you there, with your hands in the air
Waiting to finally be caught
Drink up one more time and I'll make you mine
Keep you apart, deep in my heart
Separate from the rest, where I like you the best
And keep the things you forgot
People you've been before that you
Don't want around anymore
That push and shove and won't bend to your will
I'll keep them still’
Cada vez que veía en televisión que otro famoso más había muerto a causa de sobredosis casi que me reía. ¿Cómo podían buscar “refugio” en algo tan dañino como las drogas teniéndolo todo, o casi todo? ¿Teniendo fama, amor y dinero?
Creía que todo era tan simple como eso y, si bien como he dicho, sigo pensando que las drogas son dañinas, ahora es cuando aprecio que el daño que hacen es meramente físico. ¿Qué importa un poco de dolor corporal cuando puedes aliviar el emocional, el mental, aunque sea por un corto período de tiempo? ¿Cuando, a cambio, puedes experimentar temporalmente lo que es la felicidad plena? Esa es la filosofía que los inicia, y parece tener todo el sentido del mundo... hasta que los espejismos que los psicotrópicos proporcionan comienzan a desmoronarse, a mostrarles un mundo mucho más crudo y rancio que la realidad de la que intentaban evadirse. Por desgracia, ahí ya no hay vuelta atrás, pero no importa, porque tú ya no eres tú, eres tu adicción. Permaneces con vida simplemente para encontrar un poco de tu medicina, cada vez en mayores cantidades, claro, porque tu cuerpo se inmuniza y, para hacer efecto durante un tiempo mayor, necesitas un suministro cada vez más grande. Ahí llegan las sobredosis, los cánceres de hígado o, en el mejor de los casos, los suicidios.
¿Quién es el héroe? ¿El valiente que tiene el coraje de poner fin a su vida cuando nota que ya no tiene nada bueno que proporcionarle? ¿El que se atreve a no conformarse con su lugar en el mundo y probar sustancias que le hagan viajar? ¿O tal vez el que sigue adelante con su vida mediocre, siempre esperando a que lleguen tiempos mejores?
Nunca he interactuado con ningún tipo de drogas: primero, porque no tengo un nivel de desesperación emocional tan crítico, segundo, porque no me atraen nada y, tercero, porque me conozco y sé que si en algún momento las probase, dada mi poca fuerza de voluntad, caería en la adicción más profunda y nunca sería capaz de salir de ella, al menos no sin secuelas visibles. No obstante, no te decepciones aún, Elliott, si me estás leyendo desde donde estés, pues l@s chic@s de mi generación hemos gestado un amor desmesurado hacia el alcohol. Además, no es un amor cualquiera, sino uno digno de una tragedia griega, de Calisto y Melibea, de Romeo y Julieta. Jamás existió una novia tan atractiva en una boda. Al fin y al cabo, no somos gilipollas: somos plenamente conscientes de que el alcohol cumple casi la misma función que las drogas más fuertes, es más accesible, no deja apenas secuelas, y su efecto dura todo el tiempo que se desee y requiera.
Bebíamos con 12, 13 y 14 años, porque creíamos que la realidad nos superaba, que no seríamos capaces de afrontar el suspenso en Plástica. Seguíamos bebiendo con 15, 16 y 17, porque, ya sabéis... la novia me había dejado y estaba agobiadísimo con las P.A.U., así que había que evadirse y pasarlo bien un rato. A día de hoy, seguimos bebiendo con 18, porque hemos jugado durante tanto tiempo a creernos mayores que se nos ha acabado la creatividad para encontrar una forma de evasión y diversión más natural y acorde a nuestra edad, porque nos hemos hecho inconscientemente juguetes rotos de una sociedad que pretende acelerar nuestra madurez cada vez más. A los 30 años se nos habrán agotado los recursos y, demacrados emocional y físicamente, nos habremos bebido cientos de botellas de ron, ginebra, whisky y absentha, fumado más de 1.000 paquetes de tabaco entre botellón y botellón, y solo nos quedará probar a meternos rayas de coca, con la esperanza de quedarnos en una de esas. Somos simples animales y, para nosotros, ‘moderación’ se reduce a ser tan sólo una palabra más dentro de nuestro amplio diccionario. Habláis de echar de menos vuestra infancia, cuando sois vosotros mismos los que emborrachásteis hasta la muerte al niño que erais.
1:52 a.m. del 17 de noviembre de 2017.
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