domingo, 12 de noviembre de 2017

DÍA 0

23 de agosto de 2017. Fotografía realizada por Carla Sauco Gragera.

Han pasado casi 1.000 días (905, concretamente) desde que comenzamos, y otros 679 desde que todo acabó, lo cual hace 226 días comprendidos entre ambas cifras. Este último también es, curiosamente, el número de días que duró mi felicidad (entendiendo el término con el sentido de felicidad absoluta). No estoy pretendiendo decir que basara toda mi felicidad en otra persona, pues absolutamente todas las circunstancias de mi vida de aquel momento, en conjunto, se alinearon como planetas. Nunca me he sentido más realizado. De hecho, cuando me refiero a esa etapa pasada de mi vida, las pocas veces que consigo abrirme un poco a mis compañeros o amigos, hablo de una sensación. Una sensación que me obsesiona y que puedo, si me esfuerzo mucho, con la música idónea reproduciéndose en mis cascos, simular. Simular, no revivir. Ahí está el problema. Son 679 días intentando hacer todo lo posible por encontrar ese sentimiento al 100%, por recibirlo de lleno. 679 días deseando que me moje, que me empape. Que me embalsame y anestesie. Pero nada.


Lo que más me agobia no es el hecho de no ser capaz de encontrar la forma de activar ese interruptor y sentirlo, sino estar dejando de ser capaz paulatinamente de sentir apenas cualquier cosa. Nada me ilusiona, nada me atrae. Al menos, no en exceso. No soy capaz de conectar con mis intereses y con el mundo que me rodea de la misma forma en que solía hacerlo antes. Siento que estoy muriendo espiritualmente, que me desvanezco, que me estoy volviendo loco... pero, creedme, quiero escapar a tiempo del pozo. Lucho por subir sus paredes, me dejo las uñas clavadas en las juntas porque todavía aprecio la luz antes de que se ciegue desde fuera, y, cuando creo estar fuera por fin, un ladrillo se desprende y caigo. Caigo en caída libre hacia la oscuridad más profunda. Al fondo absoluto. Y, justo ahora, temo estar llegando a un punto de no retorno.


    Pese a todo, intento que no me afecte. Intento simular como era antes con mi entorno, y estoy convencido completamente de que cuela, de que se lo tragan. Yo no. Me veo en el espejo y percibo una copia grotesca y poco creíble de mi mismo, pero aún así lo prefiero mil veces a que me conozcan como soy en este punto justo de mi vida. De momento funciona, pese a que en ciertos momentos es imposible esconderlo del todo.


    Y es entonces, como he dicho, en las noches en las que el karma considera justo enviarme un espejismo de felicidad para que no se me olvide su sabor, cuando me coloco mis auriculares y reproduzco mi playlist, ‘Bajo las Estrellas’. Cierro los ojos. Me intento convencer por unos segundos de que no existo, de que soy libre. Me creo que estoy allí, en las vías del tren. Me acompaña una sombra, una sombra que me niego a creer que es quien creo que es, puesto que tengo motivos de peso para no añorarle y, de hecho, no lo hago. No obstante, ahí sigue mi instinto de recordar continuamente los mismos momentos. Casi como si fuera un ritual. Y, cuando lo hago, creo estar allí. Revivo nuestra inmortalidad, el sentirnos infinitos bajo el peso de la madura madrugada, bajo la luz de millones de estrellas muertas. Y es que puedo seguir haciendo lo mismo, nada me lo impide, y, de hecho, lo he intentado, pero no funciona. Me siento débil, finito y en peligro. Necesito un complemento, un prefijo ‘in-’ que se añada a mi palabra, ‘mortalidad’, y no cualquier compañía humana sirve. Abro los ojos con el pecho oprimiéndome, y siento ganas de gritar, de arrancarme los pelos uno a uno.


    Sin embargo, he sido capaz de sobrellevarlo con un nivel de felicidad medio por un tiempo. Bachillerato, en general, me resultó una etapa agridulce. La parte agria por lo recién expuesto y la dulce porque, gracias a dicha etapa, pude conocer a varias personas maravillosas que son, precisamente, quienes me sustentaban incansablemente a diario cuando la parte agria parecía ganarle a la dulce. Fue cuando conocí a quienes le daban sentido a las malas tardes. Y si bien, como digo, no fue buena en todos sus momentos, ahora deseo más que nunca poder volver atrás en el tiempo: ver las mismas caras de siempre todos los días; volver de Badajoz los sábados por la tarde con mis padres, viendo cómo atardecía a través de las ventanas del coche; llegar a casa, meterme en mi cama y sentirme la persona más protegida, querida y segura del mundo. Era un ingenuo. En ese momento deseaba aún más y quería que el día de hoy llegase con ansia. Hasta hace apenas dos meses lo he estado deseando, vaya. Ya no.


    El verano de 2016, si bien no tan memorable como el anterior, resultó bastante agradable y distinto, estando rodeado de la, por entonces nueva, gente que acababa de conocer ese mismo año académico, pero el siguiente verano otro gallo cantó. Justo antes de que comenzase, casi como una premonición de lo que vendría después de las vacaciones, parte de mi vida social se desmoronó. La parte más importante, vaya. Notando que todo lo que ocurrió fue por culpa mía en su totalidad, permítanme evitar desmenuzarles hoy los detalles de cada caso concreto. Como iba diciendo, primero perdí la confianza y lealtad de dos o tres personas de mi círculo cercano por meter las narices donde no me llamaban y buscar acariciar un poco la llaga con el dedo. ¿Saben eso que dicen de que si juegas con fuego, te quemas? Pues eso mismo ocurrió. Entre hecho y hecho detallado, yo comía y comía. Comía como un puñetero cerdo. A todas horas. Y por la noche engullía y me asfixiaba, porque tenía una ansiedad flipante. Y, ¿sabéis qué? Engordaba y se me caía el pelo casi a mechones. Lo último conseguí frenarlo, lo primero no. Luego, cerca de las Prueba de Acceso a la Universidad, casi que mandé a la mierda la relación que tenía con la que era mi mejor amiga sin motivo alguno. Le comenté algo que soy consciente de que se puede contar sin dañar a nadie de muy malas formas y, bueno, ahí acabó todo. Una menos, como en Canarias. Mi lista de ex-amigos “voluntarios” crecía casi al ritmo de mi barriga, y entré en una espiral de autodestrucción, en la que, por cierto, vivo actualmente. De hecho, si no fuera tan cobarde y tuviera tanto miedo al dolor como tengo, esto podría ser una nota de suicidio perfectamente. Pero tranquilos, nondum ego mori volo. De hecho, no creo que haga nunca honor al estribillo de mi tema ‘Horizons’.


    Ese mismo verano, el de 2017, fue una puta mierda. Literalmente. Lo pasé explorándome a mi mismo, descubriendo cosas cada vez más ‘gores’ de mi persona (también cosas buenas, todo sea dicho), y aprendiendo a convivir y a tratarme de tú a tú con la soledad. Fue un verano con poca, pero valiosa, producción musical: un puente hacia una nueva etapa creativa personal. En el plano académico fui introduciéndome a varias personas de mi próxima nueva vida: mis compañeros de carrera. Estudio Filología Clásica, que, todo sea dicho, me gusta mucho, pero no me apasiona. Me apasiona la música mediocre que hago, pero como vivir de ello es treinta mil veces más difícil que conseguir un trabajo de lo que estudio, hay que adaptarse. La vida es así. Así que, truco, si queréis hundirme meteos con mi música, no con mi carrera, porque probablemente me de igual.


    Al margen de todo lo narrado, tengo varios secretos inconfesables, que también me atormentan, y por los que os pido que no me preguntéis, si es que algún día esta segunda persona del plural a quién narro todo esto llega a existir. Son inconfesables sólo en la teoría, pues, en la práctica, todos mis amigos conocen alguno de ellos, pero ninguno los conoce todos a la vez.


    Volviendo al hilo principal, tras el verano de mierda, me trasladé a vivir aquí, a Sevilla. Arsa, miarma. La ciudad es maravillosa, tiene un gran ambiente y el tiempo siempre es el mejor de toda la península, pero, sintiéndolo mucho, mudarme fue la gota que colmó el vaso. Paso las semanas deseando que llegue el momento de volver a mi pueblo y aferrarme, como un niño a su peluche favorito, a mi zona de confort. Este, de momento, no es mi lugar. Hoy, domingo, he vuelto de mi pueblo temiendo que aquel también esté dejando de serlo. Supongo que por comportamientos distanciadores por parte de la gente que me importa de mi círculo siempre. Y, aclaro, no es una anotación pesimista, estoy siendo completamente objetivo. Quizás este no es mi lugar tan sólo por ahora. Quizás el primer día que salga aquí de fiesta consiga por fin arraigarme para comenzar a germinar, o quizás cuando por fin tenga un círculo de personas establecido al que acercarme. ¿Quién sabe? Pero, como por ahora me siento así y los que me conocéis sabéis que soy de lo más radical posible, esto es lo que hay.


    Y, bueno, concluyendo (en contra de mi voluntad, porque tendría bastante más que decir y desarrollar al respecto, pero no quiero cansaros), cada vez que me veáis llorando un sábado al salir de la discoteca, a toda prisa, dirección a mi casa, y queráis preguntarme que qué me pasa, leed este post (si algún día llegáis a tener acceso a él) e intentad ayudarme, si podeis, a solucionar, poco a poco, cada punto individual que aquí he desarrollado. Por otro lado, si tenéis acceso a esta información es porque os considero de bastante confianza y cercanía, así que sabéis que existo aquí para cualquier cosa que necesitéis vosotros también. Probablemente os aprecie mucho. O tal vez no, ¿quién sabe?


Bienvenidos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

DÍA 17

. Con el nuevo año recién estrenado, me recosté sobre su pecho mientras él se quedaba dormido. Desde allí, levanté la mirada con la admirac...