Ha pasado algún tiempo desde la última vez que me leísteis hablándoos de tú a tú. Así, a ojo, unos 5 meses. Pensé que podría sacar tiempo, pero desconecté de todo en cuanto empezó el verano. Ya sabéis lo que supone cada verano siendo joven: viajes, borracheras interminables con los amigos, felicidad en su estado más puro, complicidades… Vamos, un no parar.
Lo dejaría así... si el público que me está leyendo no me conociese, pero, ¿a quién pretendo engañar? Estoy bastante mejor de ánimo que en el periodo ‘Noviembre 2017 - Mayo 2018’, sí, pero este verano ha sido, sin duda alguna, el peor de mi vida. Y, ojo, que esté mejor no quiere decir que esté bien del todo. Aún tengo asuntos pendientes que solucionar, como que la entrada de la semana pasada llegue a salvo a su destinatario y que este capte su contenido.
El lado bueno de estar mal durante tanto tiempo es que, si sigo así dentro de un par de años, los ‘posts’ de por entonces los escribiré desde el barco privado en Miami que le habré financiado a mi psicólogo a base de visitas.
He llorado tanto este verano que, de hecho, me sería más fácil y corto mencionar el tiempo que he estado sin hacerlo. Las crisis existenciales nocturnas que aquí vomitaba a principios de año se fueron volviendo cada vez más continuas y, desde principios de agosto, también incontrolables. Mi marcador de productividad, sociabilidad y creatividad bajó a cero, mientras que el de irritabilidad se saturó. ¿Sabes quién ha saturado también? Todos y cada uno de los que aguantaban mis lágrimas. Y no lo digo ni a malas ni como reproche, porque bastante han aguantado. Sin embargo, todavía tienen que aguantar un poco más hasta que Juan Antriste vuelva a ser Juan Antonio.
Hasta hace dos semanas lloraba todos los días y, aunque la frecuencia ha bajado, todavía lo hago. De hecho, hoy ha sido la última vez. Pero ya no tengo la necesidad de llorar ante nadie: toda la información necesaria para provocar mi llanto es conocida de sobra por todos los que me rodean, en base a lo cual creo que he llegado a ese punto en el que transmitírsela una vez más a alguien haría reventar todas las reservas de paciencia.
No quiero que penséis que los momentos que he pasado este verano sin llorar han sido felices o, al menos, entretenidos. Todo lo contrario: han sido momentos de introspección, aburrimiento y reflexión sobre los mismos temas de siempre, sólo que desde un punto de vista más sobrio y consciente, y lo cierto es que he descubierto cosas interesantes sobre mi mismo.
De haber vivido mis 19 en la década anterior, sé con total certeza que habría sido un emo prototípico. Ya sabéis a lo que me refiero. Por ejemplo, habría tenido un mejor amigo emo con el que ver ‘Física o Química’ y ‘El Viaje de Chihiro’ en bucle y con el que quedaría siempre en mi casa antes de salir para adecentarle el flequillo -no digo ‘arreglarnos’ porque, a pesar de que estoy fantaseando, hay que ser realista y, tal y como avanza mi alopecia, sería imposible dejarme flequillo sin parecer Camilo Sesto cuando le entraron a robar en casa- y hablar de nuestras ganas de morirnos. También me habría obsesionado con la música emo (sí, eso implicaría tener pósters de Tokyo Hotel y Avenged Sevenfold pegados en el techo de mi habitación pintada de negra), me habría automarginado en el instituto y habría desarrollado una bisexualidad platónica sólo para fingir enamorarme intensamente de una chica inteligente -también emo- de Tuenti, mientras me pajeo pensando en Maxi Iglesias o viendo alguna polla pixelada por videollamada de Messenger.
Sin embargo, hablando en serio, en la época en la que me ha tocado tener esta edad soy simplemente un chico más, con la excepción de que tengo una sensibilidad emocional que se sale de lo normal y que, según parece, aún no he aprendido a controlar. Puede ser tanto un punto a favor (en el ámbito artístico o creativo, por ejemplo), como en contra (suelen tacharme, y con razón, de dramático). Soy muy torpe y poco natural a la hora de desenvolverme en sociedad y, como ya habréis sufrido, odio estar sólo -y no me estoy refiriendo físicamente-, lo cual también os puede hacer pensar que soy dependiente. Está también claro que no pertenezco a ninguna tribu urbana, ya que, más allá de vestir de negro y escuchar a Pink Floyd, David Bowie, Lana Del Rey, Vera Lynn o The Beatles, ninguno de los integrantes de mi círculo más próximo comparte un solo interés conmigo, y creedme que lo agradezco.
Sin ir más lejos, mi mejor amigo (que no es emo) y yo no tenemos absolutamente nada en común además de pertenecer a la misma pandilla y, sin embargo, lo llevo considerando como tal desde hace aproximadamente dos años. Obviamente, no tener nada en común es un factor que puede hacer que choquemos mucho -últimamente incluso demasiado-, pero, teniendo cada uno nuestra forma opuesta de ser, le quiero, respeto -y muchas veces aguanto pacientemente- como siempre. Por supuesto, más de lo mismo hay para mi compañero de piso y amigo íntimo de la infancia, para mi sevillana adoptiva favorita, para mis hermanos/as de Médico Sorapán, Isabel de Moctezuma y Aranguren, para mi antigua ‘bestie’ pacense, para el ‘twink’ de Espartinas y, cómo no, para los que se han quedado en el pueblo. Algunos somos amigos desde siempre, otros son catalogables aún como incorporaciones recientes, pero todos, al fin y al cabo, somos una familia que se ha conseguido gestar y mantener dejando a un lado las diferencias y la falta de intereses en común. Una familia a la que quiero, debo y agradezco muchísimo.
Me voy a descansar.
Prometo que voy a volver a ser yo muy pronto. Prometo que todo va a mejorar.
Por vosotros.
Por mi.
“I'm a melancholy man, that's what I am,
All the world surrounds me, and my feet are on the ground.
I'm a very lonely man, doing what I can,
All the world astounds me and I think I understand
That we're going to keep growing, wait and see.”
3:45 a.m. del 25 de septiembre de 2018.

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