jueves, 16 de noviembre de 2017

DÍA 3

Marc Bolan. Década de los 70's.

    Reanudamos la conexión. Pensé que para este momento del día estaría más nervioso de lo que estoy por la prueba oral de mañana, pero no. De hecho, puedo pensar con más claridad de lo normal. Por otro lado, me estoy dando cuenta poco a poco de que mi vida se compone casi en su totalidad de paradojas. Ya os comenté en la entrada anterior que esta semana he pisado poco la facultad. Por pereza, vaya. No obstante, esta mañana he ido y, precisamente hoy, tenía motivos para quedarme en casa. Me he despertado con 38º de fiebre, pero he aparecido allí como un campeón, pese al malestar corporal y al casi inaguantable dolor de muelas que tengo. De verdad, vaya edad más complicada: cuando me encuentro casi equilibrado psicológicamente, se me descompensa la anatomía. En fin, la verdad es que el día me ha cundido mucho: he acabado la séptima temporada de American Horror Story, me he preparado el examen al completo e incluso he podido tomarme un rato para no hacer nada y dormir. A todo lo dicho hay que añadir mis 2-3 horas reservadas a escribir de cada noche.


    Antes de comenzar a dar forma a estas líneas he estado releyendo la entrada con la que inauguré el blog hace unos días, ‘Día 0’, y creo que, si bien en términos generales fui bastante conciso y explícito, dejé bastantes cosas sin aclarar o explicar, por lo que he decidido ir desmenuzándolas según me apetezca en próximas entradas. La de hoy es una de esas. Os hablé de cómo me afectó perder una de mis mejores amistades a comienzos de este último verano y de cómo me siento, en parte, culpable por ello. Un día, en las fiestas patronales del pueblo más cercano al mío, incluso llegué a salirme del botellón para llorar. Me derrumbé, no sé por qué, pero en ese momento la echaba de menos. Dos personas más me vieron y me dieron compañía hasta que me sentí algo desahogado y me marché a casa. Dicho sea de paso, creo que me ayudó, incluso más que llorar, el hecho de saber que esas dos personas sí que estaban allí conmigo, animándome en silencio, existiendo... aunque ni siquiera algo así puede hacer que olvide del todo la angustiosa sensación de perder una amistad. Me ha pasado más de una vez en estos últimos dos años y, para mi, no es una situación muy agradable de vivir.


    Nuestra relación interplanetaria comenzó a gestarse hace aproximadamente unos cinco años. No estábamos juntos en clase, pero teníamos varios amigos en común y, tras hablar un poco a través de internet, nos dimos cuenta de que congeniábamos muy bien. Al final resultó que, aparte de amigos, teníamos mucho más en común: ídolos musicales, formas de ver la vida, intereses sociales, etc. Se había convertido en una amiga a la que realmente apreciaba, e incluso la llegué a presentar al resto de mi círculo personal y formó parte de él… durante un tiempo. Tras todo esto, existieron algunos pequeños desencuentros y malentendidos entre nosotros y nos distanciamos, aunque no nos dejamos de hablar del todo.


    Dicen que el tiempo es capaz de cerrar las heridas abiertas, y ciertamente hay algo de razón en ello. Fue una casualidad de la vida que nos tocase estar juntos en la misma clase al entrar en primero de bachillerato: en aquel aula, tan hostil durante los primeros días, tan sólo la conocía a ella y viceversa, así que no nos quedó otra que retomar el contacto. Aunque reanudamos la relación de una forma bastante cordial e incómoda al principio, pronto descubrimos que las ideas que habíamos gestado el uno acerca del otro estaban equivocadas y, poco a poco, nos fuimos abriendo y relajando. Mis intereses eran casi completamente opuestos a los que tenía cuando la conocí, pero ni siquiera eso sirvió como muro distanciador, pues descubrí que los suyos habían evolucionado de forma paralela a los míos: le hice profundizar en la obra de David Bowie, me descubrió las maravillas de Joy Division, lamentamos juntos las muertes prematuras de Marc Bolan, Ian Curtis y Cecilia y, casi todo el tiempo, deseábamos ser chicos de la década de los 70, perdidos por algún lugar alternativo del Berlín de la Guerra Fría. Nuestro mayor enemigo eran el profesor de filosofía y la zorra que impartía lengua en la clase de al lado. Además, desarrollamos la típica manía que tienen los más pringados de la clase de apuntar las frases más inesperadas de cada profesor en una libreta, como si se tratara de una versión beta de PatataBrava.


    No sólo estaba en los momentos de deleite sensorial. También estuvo ahí enjugando los llantos amargos de mi ruptura con mi primer amor, de la misma forma en que estuve yo enjugando los suyos cuando el bueno de su abuelo falleció. Pasó un curso y, en el verano entre primero y segundo, nos convertimos en expertos en la disciplina de odiar y criticar, descubrimos Jonestown, romantizamos el suicidio y vimos por primera vez en nuestras vidas Réquiem Por Un Sueño y 2001: Una Odisea En El Espacio. Nuestra amistad había llegado a su pleno apogeo, el cual, desgraciadamente, no duró mucho tiempo.


    Conoció a otro grupo de chavales, ni mejor ni peor que el mío, pero con personalidades, intereses y hobbies opuestos. Comenzó a hablarme de cómo de rechazada se sentía en nuestro grupo por parte de algunas personas y me aclaró que a partir de ahora saldría con ellos. Por mi parte no hubo ningún problema, si bien le aclaré que el rechazo del que ella hablaba no le tenía que preocupar en absoluto, porque no existía. Empezó a quejarse casi por todo, su actitud se volvió mucho más oscura y pesimista de lo normal, coqueteó, según me atestiguaba ella, con speed, cocaína y derivados, y yo empecé a sentir que ella veía los resultados académicos como una competición entre nosotros dos. El día que descubrió que no le correspondía la matrícula de honor por nota desapareció, enfadada con el mundo, y volvió a la media hora colocadísima de marihuana. Había entrado en un mundo en el que yo ya no la podía acompañar. Mis límites estaban miles de kilómetros por detrás de ella. Yo mismo me volví también irritable con ella, chocábamos constantemente y, la semana previa a las Pruebas de Acceso a la Universidad, le respondía por todo y buscaba constantemente picarla. Como resultado, uno de esos días, en uno de mis momentos de máximo coraje, usé lo primero que se me ocurrió para reprochárselo y, bueno, un mensaje de audio a través de WhatsApp y todo acabó. Como he dicho, muchas veces siento que fue por mi culpa, aunque realmente sé que la situación se hizo insostenible para ambos. Después de aquello pasé unas semanas indignadísimo, comentándole a todo el mundo lo que había hecho para que viesen cuán desmesurada había sido la respuesta de ella y, supongo, que ensalzarme a mi mismo y a mi racionalidad. Con todo, lo cierto es que aún la echo de menos. Aún la recuerdo. No sé si hasta el punto de ser capaz de retomar una tercera vez la relación, aunque lo dudo mucho. De lo que sí que estoy seguro es de que nuestra relación ha ayudado, en gran parte, a construir mi personalidad tal y como es hoy y de que los buenos momentos, pese a que al final ganasen los malos, no se pudrirán. De verdad, qué tontas e incomprensibles son las relaciones humanas casi siempre.


1:01 a.m. del 16 de noviembre de 2017.

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