sábado, 20 de junio de 2026

DÍA 17


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Con el nuevo año recién estrenado, me recosté sobre su pecho mientras él se quedaba dormido. Desde allí, levanté la mirada con la admiración de quien idolatra a alguien incondicionalmente y observé cómo bajaba lenta y pesadamente los párpados. Volteé la pantalla de mi móvil, bajé el brillo al mínimo, y reproduje, al volumen más bajo posible, ‘Shadow Man’ de David Bowie (la versión del recopilatorio ‘Nothing Has Changed’, por aquel entonces recién publicado). No sé por qué ese tema en específico, pero llevaba meses flotando en medio de un tornado de intensísimas emociones, y encontré necesario asociar para siempre ese momento a una canción que fuese especial para mí.


Si tuviera que describir o dibujar ahora mismo aquella habitación, probablemente en un 70% hablaría más mi imaginación que mi memoria y, sin embargo, durante aquel periodo, ese lugar había constituido uno de los habitáculos principales de mi pequeñísimo microuniverso, que apenas comenzaba a expandirse. De todas formas, si hago ese ejercicio mental, me veo a mi mismo levitando en un cubo tridimensional sobre el que poco a poco se trazan unas sombras muy tenues, a lápiz. Veo la cama, que ocupa gran parte del espacio central; el escritorio, a la derecha de la cama y junto a una ventana que da a un patio interior; a los pies del lecho, un armario blanco de diseño actual. No va a más. El plano, si quiero mantenerme fiel a la realidad, se queda necesariamente estancado en el nivel de bosquejo.


Él se había dormido, pero yo tenía que irme ya. Haciendo un salto temporal de algo menos de una hora, nos encuentro entrelazados en el zaguán de aquel diminuto piso. No sé cuánto tiempo permanecimos así. De nuevo, si hago una estimación, probablemente sea idealizando el recuerdo, así que prefiero quedarme con el fotograma congelado. Le dije que le quería y me correspondió. Hablaríamos pronto.


Con esa promesa de continuidad cerré, sin saberlo, uno de los capítulos más determinantes y formativos a nivel emocional de mi vida. Mis manos nunca más volvieron a entrar en contacto con parte alguna de su cuerpo y el eco de mis palabras jamás entró de nuevo en sus oídos. Los detalles de aquel periodo ya tan lejano, que ahora se me antoja incluso como otra vida distinta a la mía, se me desdibujan más y más a cada año que pasa. Los idealizo más. Y a la vez que eso ocurre, también, sobrepensando, muto un millón de veces mi percepción actual sobre él y sobre todo aquello.


Poco después murió Bowie. Más tarde, entré en bachillerato y, un poco más tarde, lo acabé. Conocí a personas nuevas, y también eventualmente perdí otras. Entré en la carrera. Seguí en la carrera… seguí en la carrera… […] Y, aunque dejándose llevar por la corriente de los días uno mismo se siente congelado e intemporal, entre unas cosas y otras ya ha transcurrido más de una década desde lo descrito, y toda esa pila de escombros es un peso que cargar en la espalda, pero también en el pecho. 


En los últimos meses intento evitar mirarme en el espejo por miedo a entrar en un bucle en el que me reconozco, aunque ya joven adulto y con signos de decadencia etaria en distintos grados de intensidad, y me escruto en profundidad. Me miro a los ojos y trato de encontrar en mi rostro qué queda del ‘yo’ que vivió toda esa vida anterior. Me llevo las manos delante de la cara y dudo con admiración si son las mismas manos que estrecharon antes tantas otras, que dieron tantos abrazos y que tocaron tantas partes de tantos cuerpos a lo largo de las primeras dos décadas de los 2000. Son las mismas manos que abrazaron a aquel chico y, a la vez, las mismas que sostenía mi abuelo hace 24 años a la hora de cruzar la calle. Luego vuelvo a la realidad, me miro a los ojos otra vez y me pregunto en silencio: ¿soy realmente el mismo individuo ejerciendo el mismo papel activo sobre mi vida? ¿O mi ‘yo’ actual es simplemente una consecuencia de las decisiones de aquel? ¿O quizás soy simplemente el resultado acumulado de las decisiones que tomó aquel en su momento y de las que tomo yo ahora?


Sea como sea, es irrefutable que estoy hecho en gran parte de todo aquello y cada vez, en menor medida, de todo esto, porque mi programación de fábrica tiene como base que cualquier tiempo pasado siempre fue mejor. Sé que soy joven aún, por supuesto, pero siempre he tendido a quedarme con trozos de todas las personas que han pasado por mi vida, y ahora mismo hay demasiada gente en la habitación.


Quizás esta forma tan intensa y romántica de canalizarlo es inherente a mí de manera particular, pero también estoy seguro de que por naturaleza el ser humano, en lo más profundo de si, nunca cree que el final más finalísimo sea realmente un final. Siempre hay esperanza en la continuidad, aunque sea ínfima. Decimos “hasta siempre”, secretamente creyendo en un eventual “hola de nuevo”.


La siguiente imagen que tengo de aquel año nuevo soy yo mismo caminando solo, de vuelta a casa con las primeras luces del amanecer asomando a mi izquierda. Por el rabillo del ojo veía siluetas borrosas, caminantes que transitaban a ambos lados y en ambos sentidos, pero no reconocía a nadie. Yo estaba absorto y muy triste, con la mirada perdida más allá de la realidad visible, pero con el consuelo y la esperanza de planes futuros que, por supuesto, no llegaron.




"And the street overflows

With folk who understand

For the guy who can't be seen

He's the shadow man

And the Shadow man is close at hand

Take a turn and see his smile

Made of nothing but loneliness

Take a walk, be a friend

To the shadow man"





Sábado, 20 de junio del 2026, a las 7:24:53 a.m.







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