Sigo vivo, por desgracia. Volver al pueblo este fin de semana ha hecho que desconecte de todo el estrés de la ciudad automáticamente. Me ha sedado. De todas formas, pese a que en un comienzo intenté hacerlo, no voy a publicar todos los días, sino cuando me sienta con inspiración (y ganas). Hoy no es uno de esos días, pero me apetecía escribir, así que esta noche tal vez os aburra.
El fin de semana ha sido especialmente sanador. Necesitaba desesperadamente una noche con mis amigos de siempre, encerrados en una casa (en esta ocasión la mía), hablando de tiempos pasados y, en términos generales, apagando las luces y parando durante un tiempo el coche para repostar y tomar algo. Por suerte, supongo, no volveré a Sevilla hasta el martes. Digo ‘supongo’ porque no sé si es realmente una suerte tener que quedarme aquí por ir de un dentista a otro, en busca de eutanasia para mi cordal inferior derecho.
Cuando te anestesian para una intervención quirúrgica, al acabar la operación, tienes que echar el anestesiante por cualquier medio: vómito, orina, lágrimas, etc. Algo así me está pasando hoy, pues el nuevo inicio de semana está inminente, y toca enfrentarse a la realidad del momento que estamos viviendo. Con todo ello, menos mal que el impacto se ve reducido por el consuelo que supone volver al pueblo de nuevo el próximo fin de semana.
Esta mañana me he despertado completamente desorientado, sin ser capaz de activar mi habilidad para organizar (a trompicones, eso sí) la semana, como hago siempre. Se supone que me examino el próximo viernes del segundo trabajo personal, que debería haber estado realizando a diario y con constancia desde el comienzo del curso (cosa que, como podéis deducir, no ha pasado). Ahí está el problema: no llevo ni la mitad de lo que debería, por lo que no estoy, ni mucho menos, apto para presentarme. Dándole vueltas en la cabeza a la cuestión, se me ocurrió recurrir a las muelas del juicio para justificar una necesaria posposición del examen. Le envié un correo a la profesora y aceptó sin problema, dejándome incluso decidir en qué fecha me examino. De puta madre, “adelanto el trabajo durante toda esta semana, me vuelvo el jueves al pueblo y me examinó el próximo viernes”, pensé. Todo parecía idílico hasta que recordé que el viernes tengo un segundo control imposible de posponer. Volvió el agobio. Aún no sé cómo organizarme.
Mi vida académica este año está siendo un desmadre que no sé si tengo bajo control o no. Por primera vez en estos dos últimos años creo controlar más mi vida personal que la estudiantil, y no sé si preocuparme, ya que la personal tampoco está en su mejor momento. Supongo que empatizaréis conmigo en este asunto más que en cualquiera de los anteriores. Pese a que en bachillerato nunca llevaba ninguna asignatura al día, sabía que todo estaba bajo control y que en los dos o tres días previos a cualquier examen iba a poder preparármelos y sacar buenas notas. Cuánto me arrepiento de no haber sabido crearme un hábito de estudio.
Este año estoy completamente perdido, no sé a qué me enfrento, no sé si lo llevo bien o mal, ni siquiera sé si quiero realmente dedicarme a esto. Y del ámbito personal mejor no hablo. Estoy agobiado, amargado y me paso las semanas esperando a que llegue el momento de hacer la maleta y volver a casa.
Me hace sentir inútil el hecho de ser incapaz de deshacerme de mi íntima conexión a mi zona de confort. Soy más sensible de lo que puedo aparentar desde fuera y creo vínculos emocionales con casi todo, así que imaginad cómo es mi unión sentimental a mi antigua vida, gestada cuidadosamente durante 17 años. Sé que aquí tampoco he sido siempre feliz, pero lo he sido en gran medida, además de que en este lugar ha sido donde he vivido mis momentos de felicidad más intensa. Esta es mi tierra, aquí yacen mis recuerdos.
Volver se siente como recibir un soplo de aire fresco en la cara en medio del asfixiante calor de julio. Normalmente odiaba estar aquí, excepto en verano, cuando el pueblo se convertía para mí en un lugar especial (ya os hablaré de esto). Ahora, sin embargo, mi perspectiva de ver lo que solía ser mi entorno diario y mi antigua vida ha cambiado de forma casi radical. Aunque os suene raro, por primera vez en mucho tiempo, me he acercado a mi madre y le he dicho ‘te quiero’. Por primera vez en mi vida soy capaz de valorar la complejidad de su trabajo en casa (ahora que soy yo el responsable de hacerlo yo en la ‘mía’ propia). Después de muchos meses, he sido capaz de disfrutar de cada momento compartido con mis amigos este fin de semana, además de corroborar que ‘especiales’ es la palabra que mejor los define. He descubierto que es posible valorar con un color distinto a personas a las que, hace apenas unas semanas, o no miraba con buenos ojos, o no prestaba demasiada atención. He descubierto que estoy creciendo como persona y que ni me doy tanto repelús como antes, ni hago tanto daño.
3:11 a.m. del 20 de noviembre de 2017.

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