martes, 13 de marzo de 2018

DÍA 9



     Ni hacia delante ni hacia atrás: soy incapaz de moverme. Durante esta última semana he implosionado. Me siento muy solo. Ni siquiera sé qué pienso respecto a este hecho, aunque al menos creo estar seguro de que no me causa tristeza. Finalmente, ha llegado el punto de inflexión del que he estado tratando de huir durante años.

      Quizás esta sea mi entrada más sincera, así que abróchense los cinturones, que vienen curvas. Me atrevo a decir, retomando lo dicho en el primer párrafo, que no he disfrutado nada las últimas veces que he vuelto al pueblo. De hecho, qué narices, he estado la mayor parte del tiempo deseando que el fin de semana terminase para volver al piso y seguir viviendo mi vida de ermitaño. Creo que al fin he asumido que todos -y todo- han cambiado y que no puedo hacer nada para evitar que el destino siga su curso natural. Ojalá hubiese cambiado yo también, aunque fuese a peor. Me he cansado de arañar los ladrillos del muro que se cierne en torno a mi. Es hora de mostrar vulnerabilidad y derrumbarlo. De exponerme.

     ¿Qué siento? En primer lugar, miedo. He creado, como me suele pasar dentro de cualquier relación social, alguna clase de dependencia con aquellos que, o me han acompañado durante toda la vida, o han dejado huella en ella a pesar de que su paso fuese breve y tumultuoso. Por todo ello, tengo miedo de que quien sea que esté por cruzarse en mi camino no sea como ellos, de que esas nuevas personas no estén a su altura.

      Así, mientras doy vueltas en bucle a todos los traumas descritos en entradas anteriores (y a los que aún me quedan por contar), voy contando los días y los meses, conviviendo con un tesoro de la infancia que también ha cambiado y madurado pero que, por desgracia, suele prestar más atención a la distancia que a lo que está frente a sus narices. Y no la culpo. También yo me doy cuenta de que me falta un hervor. Mi reclusión me está haciendo sentir cada vez peor de la azotea, cada vez más paranoico, cada vez más irascible.

      Además, tiene gracia, porque recientemente me contó una persona que estar loco suele ser un punto muy a favor de los artistas y que, sin duda, yo lo estoy. Ojalá pudiera tener control sobre mi vida personal, aunque fuese a costa de mi calidad como artista. Al fin y al cabo, si todo me fuera bien, no tendría nada sobre lo que componer. Desde un punto de vista buenista, quizás todo me va guay y yo, como buen (neo)romántico que soy, me empeño en ver el vaso medio vacío. ¡Nah! En verdad no lo creo.

      Voy a dejar de dar rodeos. Sin “traumas” que me controlasen, no existiría este blog y, sin duda, uno de los más grandes es la carencia afectiva que siento y he sentido toda mi vida en el ámbito social. Mi familia me quiere mucho (y yo a ellos también), pero nunca he tenido un mejor amigo como tal. Llevo años inventándomelo, confiando ciegamente y abriendo mi vida entera a gente que al final resultó que se había acercado a mí por puro interés. Quizás no encontraré aquí un mejor amigo (tampoco lo pretendo), pero espero que abriéndome ante todos de esta forma nunca más tenga que hacerlo con nadie que venga a mi vida con intenciones dudosas. Lo más probable es que este trauma no desaparezca nunca, pero al menos así dejaré de sentirme desprotegido cuando les desenmascare. A lo mejor así no sufriré y no pareceré patético cuando vaya buscando consuelo en otros por una traición más que anunciada.

      Me aterra la soledad, no por lo que significa, sino porque me obliga a convivir conmigo mismo, y eso me da miedo. Me asusta tener que enfrentarme a mi mismo,  conocerme de verdad y dejar de ser dependiente. Después de mi ruptura sentimental he intentado buscar la salida en el camino del amor varias veces, siempre sin éxito. Nadie quiere compromiso y, qué queréis que os diga, lo entiendo. Respecto a esto, obviamente también yo estoy en mi derecho de rehusarme a tener un simple lío con alguien. La última vez que accedí a ello acabé en mi casa llorando. En pleno apogeo, le dejé con el calentón y me fui corriendo. Me sentía perdido. También hoy, pero supongo que es más reconfortante sentirse perdido dentro de los límites de tu hogar.


“Long goodbyes
Make me so sad
You know I'll miss you so
And the days we spent together”



         4:39 a.m. del 13 de marzo de 2018.  

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