Hoy estoy de luto. La gente que aprecio está muerta.
Encontré la huella visible de la distancia en los cuerpos sin vida, que yacían sobre el piso de mi imaginación. Sin embargo, la masacre era demasiado grande para haber sido obra de un solo ente. Involucré entonces al interés personal, que posiblemente habría provocado sus muertes al hacer que se atragantaran con su propio egoísmo, a lo Hendrix. La escena era digna de los sueños más dulces de Manson, Wuornos y Gein. Sostuve sus cabezas entre mis brazos y les tomé el puso uno a uno, cayendo en la cuenta de que, con toda certeza, el cambio y el tiempo eran los cabecillas de aquella secta asesina.
Y qué desgracia tan grande la de aquel día, pues se llevaron entre sus dedos mi vida social. Dejaron una nota junto al cadáver de mi amistad más valiosa, pidiéndome que me conformara con los resquicios esparcidos por toda la habitación, que servirían para hacerme creer que aún seguían con vida.
Esos homicidas estaban, sin duda, jugando conmigo. Además, me aseguraban en las últimas líneas de aquella nota que podría salir fácilmente de la habitación y dar sepultura a los cuerpos una vez hubiera solucionado otros asuntos más importantes, cuya responsabilidad delegaban en los traumas, la inseguridad y el miedo, que no habían podido sacar provecho de aquella escena.
Así, desde ese día convivo, falto de higiene y comida, con los restos de mi antigua vida, con sus cadáveres, oliendo la putrefacción, pero con los ojos vendados y ebrio, convenciéndome a mí mismo una y otra vez de que siguen vivos y maldiciéndome por tener que ser yo el único superviviente cuando la sobriedad acecha, porque hacer eso es mucho más sencillo que enfrentarme a los matones.
A pesar de todo, quiero creer que algún día podré reunir el valor necesario para hacerlo y enterrar los cuerpos que hoy me rodean en algún lugar que no recordaré, más allá del horizonte.
Encontré la huella visible de la distancia en los cuerpos sin vida, que yacían sobre el piso de mi imaginación. Sin embargo, la masacre era demasiado grande para haber sido obra de un solo ente. Involucré entonces al interés personal, que posiblemente habría provocado sus muertes al hacer que se atragantaran con su propio egoísmo, a lo Hendrix. La escena era digna de los sueños más dulces de Manson, Wuornos y Gein. Sostuve sus cabezas entre mis brazos y les tomé el puso uno a uno, cayendo en la cuenta de que, con toda certeza, el cambio y el tiempo eran los cabecillas de aquella secta asesina.
Y qué desgracia tan grande la de aquel día, pues se llevaron entre sus dedos mi vida social. Dejaron una nota junto al cadáver de mi amistad más valiosa, pidiéndome que me conformara con los resquicios esparcidos por toda la habitación, que servirían para hacerme creer que aún seguían con vida.
Esos homicidas estaban, sin duda, jugando conmigo. Además, me aseguraban en las últimas líneas de aquella nota que podría salir fácilmente de la habitación y dar sepultura a los cuerpos una vez hubiera solucionado otros asuntos más importantes, cuya responsabilidad delegaban en los traumas, la inseguridad y el miedo, que no habían podido sacar provecho de aquella escena.
Así, desde ese día convivo, falto de higiene y comida, con los restos de mi antigua vida, con sus cadáveres, oliendo la putrefacción, pero con los ojos vendados y ebrio, convenciéndome a mí mismo una y otra vez de que siguen vivos y maldiciéndome por tener que ser yo el único superviviente cuando la sobriedad acecha, porque hacer eso es mucho más sencillo que enfrentarme a los matones.
A pesar de todo, quiero creer que algún día podré reunir el valor necesario para hacerlo y enterrar los cuerpos que hoy me rodean en algún lugar que no recordaré, más allá del horizonte.
Por el momento, sigo buscando ese horizonte.

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