Algo más de treinta y un millones de segundos atrás comenzábamos a hablar del cambio. Con las estrellas, el calor y los raíles inconclusos como estenógrafos de nuestra conversación firmábamos un acuerdo de, ante todo, hermandad, pero también de positividad y mutuo apoyo, siempre con la vista puesta al frente.
Poco antes de que terminase agosto decidimos abrir en nuestro beneficio ciertas cláusulas, permitiendo que, a finales de aquel verano -a ratos aburrido, a ratos intenso- pudiésemos aliviar la incertidumbre de un futuro aparentemente cruel con lágrimas que no dejaríamos, bajo ningún concepto, caer sobre nuestro propio regazo. Las mías se secarían en su hombro y viceversa.
Pero el vino de aquel estío se bebió y la copa se rompió. Embriagados por la fantasía de un nuevo comienzo que se comportó de forma desigual con cada uno de nosotros, olvidamos, también desigualmente, la existencia de nuestro pacto de sangre. Aunque mi cuerpo asimiló pronto la embriaguez, supongo que desperté demasiado tarde. Cada una de las veces que intenté -y aún intento- reconstruir la copa, faltaban fragmentos esenciales del pie que no logré encontrar. Tienen que existir aún, tienen que estar en algún sitio... aunque quizás no me pertenezcan. Tal vez no esté en mis manos concluir su reconstrucción.
Me solía acusar a mi mismo de traicionar la parte del acuerdo que nos instaba a mirar siempre al frente ante cualquier obstáculo que nos deparase el camino, pero tengo la necesidad vital de incumplir esa cláusula en beneficio del resto de la legalidad. Necesito girar el cuello, detenerme y esperar a que su silueta, algo lejos aún, me alcance; rebajar mi ritmo al suyo hasta que la embriaguez pase y podamos alcanzar juntos, de resaca, un ritmo medio al que caminar. Pero, para alcanzar ese ritmo, antes deberemos de utilizar el bajón post-embriagamiento con el fin de perdonar los tropiezos inintencionados, los retrasos y los reproches mutuos que se colocan en el camino y amenazan con mantener nuestro andar descompasado. Me he detenido en medio de la senda, dispuesto a hacer todo lo dicho, con la vista continuamente fija en el horizonte y esperando una señal que me tranquilice y haga ver un atisbo de reciprocidad con respecto a mis intenciones.
Algo más de treinta y un millones de segundos ha tardado el cambio en llegar, pero ahora, con las fuerzas recargadas y las heridas del pasado suturadas, solo me queda rescatar esta pieza esencial de mi pasado más reciente y hacerla encajar de forma natural en mi futuro más próximo para pasar página. No admitiré un no injustificado por respuesta. Tiene que estar. Tienes que estar.
Quiero que esté.
Quiero que estés.
¿Quieres tú estar?
“¿Qué importan las cicatrices
del catavinos
si tenemos capacidad conjunta
suficiente como para rellenarlo
con Château Margaux 1982?”

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