martes, 13 de junio de 2023

DÍA 16



Cuando tienes una fobia esperpénticamente grande al paso del tiempo, una de las tendencias que tiendes a desarrollar es la de medir compulsivamente todo dentro de una larga línea cronológica, memorizar fechas y mantener un continuo recuento de las distancias entre ciertos eventos y la actualidad, supongo que a fin de tener una sensación ilusoria y momentánea de control. Me pasa: el conformismo de los últimos años me ha vuelto esclavo de mis efemérides. 

El pasado veintitrés de mayo recordé en un hilo de tweets privados una de ellas. De un tiempo a esta parte, he estado haciendo un esfuerzo consciente por no recordar esa fecha cada vez que el quinto mes del año se viene acercando. Sin embargo, ese esfuerzo consciente -obviamente- ha jugado en mi contra y ha hecho que le preste aún más atención al tema. Pese a que normalmente suelo dejar que la nostalgia me engulla, existen algunos recuerdos que me sumen en una profunda tristeza existencial… y ese es uno de ellos. Mi primer beso, la inauguración de mi primera relación, el pistoletazo de salida a ese verano.


¿No os ha pasado alguna vez, sobre todo en entornos rurales, el tener tan interiorizado un ruido externo y lejano -un motor, una fábrica, un tenue bullicio- que no os dabais activa cuenta de que estaba sonando, pero que cuando ha parado os ha producido una sensación repentina de alivio? Quien me conoce bien sabe que, además del momento presente, en la parte de atrás de mi cabeza hay un motor, una fábrica, un tenue bullicio que está ahí de forma perpetua y al que no presto ya atención intencional. Es una masa informe hecha de recuerdos, sensaciones y un abismo de heridas etéreas muy profundas. Uno de ellos, como os he explicado en persona, por aquí y en canciones mil y una veces, es mi primer amor. Un primer amor desprovisto ya de cualquier personalidad o identidad, pero que sigue representando para mí unas cuotas tope de felicidad, realización personal y plenitud a emular.


Este año, a medida que el veintitrés de mayo llegaba, me dio por pensar que ya ha pasado casi una década desde entonces y no pude evitar que me invadiera una sensación de impotencia porque siento que los recuerdos que tengo de aquel día en mi cabeza son ya solamente un resumen muy idealizado de lo que pasó. Que los detalles más nimios se han ido desintegrando de una forma tan progresiva que apenas me he dado cuenta. Ya no recuerdo qué ropa llevaba él o, parafraseando a Haruki Murakami, la mayor parte del tiempo me cuesta hacerme una imagen mental de cómo era su cara o cómo fueron los días previos que desembocaron en aquella expedición de sentimientos positivos. Cómo lamento no haber tenido el compromiso personal de escribir un diario.


Una de las cosas que compartí en el hilo de tweets es la canción que sonaba de fondo aquel día durante el nudo de la historia. ‘Heartless’, de Kanye West, en la versión acústica que hizo The Fray en 2009. Justo después de publicar el último tweet, caí una vez más en el autoboicot emocional, me puse los auriculares y la escuché con atención por primera vez en mucho tiempo. Sorprendemente, más que como un martirio, me sirvió como una nana que alivió los pensamientos que rebotaban frenéticamente en las paredes de mi cabeza esa tarde. Las reflexiones anteriores dieron paso a un nuevo pensamiento: no hice un diario, pero sí una banda sonora vital. No puedo recordar los detalles nimios, pero sí que las canciones que descubrí ese verano pueden hacer algo con mayor intensidad que mis recuerdos: emular sensaciones y transportarme mentalmente a momentos muy concretos con una nitidez que casi siento que puedo tocar ese mundo pasado con la punta de los dedos. Las canciones que me enseñó él, las que escuchaba yo por mi cuenta, las que sonaban de fondo. Radiohead, Lykke Li, London Grammar, Daughter, Tove Lo.


Teníamos un lugar “secreto” al que íbamos y donde pasábamos las horas muertas cada vez que quedábamos. Paralelamente, ese verano descubrí ‘Allí Donde Solíamos Gritar’, de Love Of Lesbian, y no pude evitar establecer un paralelismo entre lo que se narra en la canción y nuestro sitio secreto. Obviamente, la forma en la que escuchaba yo la canción por aquel entonces era muy distinta al nudo en la garganta que me deja ahora, pero si voy a pasar sí o sí por ese luto emocional, me ayuda muchísimo la compañía de una banda sonora que encaja en mi vida como las piezas de un puzzle y que me permite evitar a toda costa el silencio al contar esta escena de mi propia película.


Hace unos minutos he visto el videoclip de la canción. He estado quince minutos navegando por los comentarios -echadles un vistazo- y me he dado cuenta de que yo también tengo una historia que contarles y una forma personal de hacer mía la letra de la canción, pero me la quedo para mi (y para vosotros).


Doy gracias a mi yo pasado por escoger tan sumamente bien la ‘soundtrack’ de mi vida y a los artistas que me acompañan desde hace más de una década, con cuya obra he crecido y en cuyas letras me he apoyado y aún me apoyo tantas veces.


Volviendo al tema central y al margen de todo lo dicho, a veces -pocas- caigo en el pensamiento de cuán inútil es todo esto. Esas dos personas ya no existen. Ni él, ni yo, ni el contexto. 





“The emptiest of feelings

Disappointed people

Clinging onto bottles

And when it comes it's so so disappointing”



*Escucha recomendada:






 Martes, 13 de junio del 2023, a las 4:58:46 a.m




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