viernes, 24 de febrero de 2023

DÍA 15



  Los tres primeros años de esta nueva década han traído a mi vida un sentimiento de paz que, sin embargo, no ha implicado tranquilidad. Más que ‘pax romana’, paz armada. No ocurre nunca nada, pero mi cuerpo está perpetuamente alerta.

He observado detenidamente, con la misma atención que presta uno a sus películas favoritas, cómo las personas que forman mi pequeño círculo íntimo maduran, crecen, evolucionan, cambian, se terminan de formar académicamente, moldean su físico, se mueven de lugar… o incluso se van -en cualquier sentido-. Y yo, las pocas veces que me atrevo a apartar la vista de la pantalla que me muestra la dinámica de esas vidas en constante movimiento, me observo en el espejo y veo exactamente a la misma persona que era hace 7 años. Siguen ahí la misma impulsividad, las mismas obsesiones, la predestinación a seguir tropezando con las mismas piedras y la misma dosis de autocompasión. A la vez, me noto agotado y me veo demacrado, con el físico y la mente como si hubiera estado de empalme, precisamente, durante esos 7 años. Acezando, rendido, con la lengua fuera y las manos apoyadas en las rodillas -como el que acaba de terminar una maratón-, porque me siento incapaz de seguir el ritmo que me exigen la línea temporal y el mundo en que vivo.


No es un agotamiento producido por haberlo intentado todo varias veces con resultado negativo, en absoluto. Lo que os estoy diciendo tiene mucho más que ver con la ausencia de una razón convincente que me lleve a una línea de meta atractiva. Pero esta maratón no tiene un final visible en el horizonte, así que no hay prisa alguna. Me he sentado en medio de la pista y, con gusto, me he dejado adelantar por otros a quienes supero en edad por 3, 4 o incluso 5 años y que, sin embargo, están empezando a construir la casa de sus vidas sobre unos cimientos cien mil veces más sólidos que los que, de mala gana, estoy elaborando yo para la mía propia.


Los mismos sentimientos de los que os hablé en la primera entrada de este blog (Día 0, noviembre de 2017) continúan aquí con la misma exacta presencia, pero el ansia y la desesperación que llevaban asociadas entonces se han terminado convirtiendo en simple conformismo. Así que, pese al dramatismo que hayáis podido sobreentender a lo largo de estos cuatro primeros párrafos, estoy estable emocionalmente. Simplemente me he vuelto un autómata. Hago todo lo que mi entorno espera que haga, mientras que lo que depende exclusivamente de mí lo desecho sin pensarlo.


Hace un tiempo pensaba que quizás la solución sería conocer gente nueva que me insuflara algo de aire fresco, pero con mi cambio de grado universitario dejé de idealizar esa posibilidad. En su lugar, en un repentino giro positivo para esta narrativa, me he centrado en valorar más a quienes continúan aún en mi vida y tambalean, para bien, la dinámica de mi día a día simplemente con su presencia. He aprendido, además, a ser capaz de diferenciar lo que no me gusta y, en contraposición, a disfrutar y saborear algo que a priori parece tan insípido como una buena conversación. Me cuesta tremendamente sentir cualquier emoción, pero si algo puede encender en mí una pequeña chispa es la capacidad de poder tener una buena conversación con química con otra persona. Mientras fluya, el tema y el tiempo me dan igual.


En parte, haberme apoyado en esos momentos de relaciones inter-humanas ha conseguido mantener en letargo mi circunstancia interior hasta este último curso académico. No culpo a nadie más que a mí mismo, pero el hecho de marcharme prematuramente del piso de estudiantes, de Cáceres y volver a casa -por mucho que me guste estar en casa- ha sido un golpe muy duro para mí. Mucho más de lo que imaginaba y muchísimo más de lo que puedo transmitiros. Desde septiembre he intentado autoconvencerme de lo contrario, pero veo que cualquier crisis existencial me hace desbordar a la más mínima oportunidad. 


No puedo decir que allí tuviese una vida loquísima, pero los factores que tenía a mi favor me ayudaban a navegar el barco de mi vida por aguas en calma. En septiembre tuve que adaptarme, de cuajo, a una vida que se parece a la que tenía en el colegio/instituto pero sin nadie más además de mis padres. Hasta junio, veía a mi pareja todos los días, hablaba de las cosas más banales y a la vez más interesantes del mundo con mi compañero de piso -tenía tres, pero uno me era indiferente y el otro me genera(ba) animadversión-, disponía de libertad en mis movimientos, hábitos y horas y disfrutaba, aunque con poca frecuencia, de los colegas que aún quedaban por allí.


Ahora, como con un valioso jarrón que se ha roto, me veo de rodillas en el suelo intentando recuperar y ordenar los trozos para recomponerlo… pero quedan huecos. He tratado -y continúo haciéndolo- de salvar todo lo que más me importaba de esa vida allí y, sin embargo, el feeling no es el mismo. Veo cada dos/tres días a mi pareja, en una situación en la que, queriéndonos mucho pero desmotivados los dos con el contexto, únicamente cenamos y nos tumbamos a mirar el techo o dormir hasta que se me hace demasiado tarde como para seguir allí. En bucle, una y otra vez. Y la gasolina se gasta, y el trayecto es el mismo. Una hora hacia delante y otra hacia atrás. Tres o cuatro veces por semana. La guinda del pastel es que, para llegar a su casa tengo que pasar, sí o sí, por el lugar donde yo vivía el año pasado. Y siempre, sin excepción, freno un poco y me giro para observar desde la calle la ventana del salón con la luz encendida, y no puedo evitar que se me forme un nudo en la garganta y me recorra el cuerpo un sentimiento de lo más desagradable de ansiedad por estar ajeno a todo aquello, por haber vendido mi vida conscientemente y a la vez en contra de mi voluntad, y por no haber sabido exprimir cada día al máximo mientras a esa vida aún le quedaban días.


Son las 5.30 de la mañana e iba a terminar esta entrada del blog en ese último punto, pero me gustaría dejar las cosas con un regusto más optimista. A pesar de todo lo negativo, en los últimos meses he logrado reencontrarme, aunque de manera cordial, con una amiga del pasado que comparte mi esclavitud y sumisión ante el arma de doble filo que es la nostalgia. Enfrentarse a ella en soledad duele, pero en compañía no está tan mal -e incluso reconforta-. Mi círculo de amigos (y, a su vez, el propio de esos amigos que lo conforman) se ha reducido bastante en los últimos años -era necesario- y, aunque ahora quedamos cuatro gatos, hacía siglos que no estábamos TAN cómodos los unos en compañía de los otros. Ya os contaré sobre “los que se marcharon”, pero eso es material para otra entrada. 


Por último, de mi vida de Cáceres pude salvar con éxito también la buena relación que tenía con mi compañero de piso que, en los meses transcurridos desde el pasado verano, se ha convertido en uno de los amigos más cercanos y valiosos que tengo y, sobre todo, en el mejor de los confidentes. Esta entrada del blog ha surgido, precisamente, a raíz de una conversación reciente con él acerca de la nostalgia, el pasado, del presente y del futuro; y ha servido para que rompa, por fin, la crisis existencial que se estaba gestando dentro de mí desde Navidad.







"The indifference I feel for the present

And my nostalgia for the past

Please, be sure that those are nothing

Compared to what future hides"


Viernes, 24 de febrero de 2023, a las 5:38:09 a.m.


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