martes, 19 de diciembre de 2017

Introspección Nº 2: Ex Corpore




        Son casi las 7 de la mañana de un sábado cualquiera, de un mes cualquiera, de un año cualquiera. Te despiertas entumecido, aturdido, con la indudable intención de disfrutar del fin de semana y volverte a dormir de nuevo. Sin embargo, te levantas. No sabes por qué, pero has tenido un sueño de esos que tocan la fibra, de los que calan hondo. Tu fantasía onírica te ha recordado algo.
        Es entonces cuando te acercas a tu armario, sacas una pequeña caja de cartón rojo brillante, te la llevas a la cama y la abres. Comienza el viaje. Extraes el broche que clausura el orden interior: un pequeño trozo de papel rectangular. Te sientas y lo analizas lentamente, fijándote en los estragos del tiempo. El papel, otrora blanco, se muestra ahora ante ti con un color amarillento. Te sientas, sosteniéndolo como si fuera muy frágil, y lo acercas a tu nariz corroborando que, pese al deterioro externo, sigue conservando su olor. Su esencia original. 
        Hasta ahora no te has dado cuenta de que es una vieja tarjeta de motel con un calendario de 2015 en su dorso. Es en ese momento cuando dejas instintivamente de encontrarte en tu habitación, cuando te transportas más de cuatro, cinco, seis, e incluso siete lustros atrás. Te alejas de allí a la velocidad de la luz. Tus canas ennegrecen y vuelves al pueblo. Recuerdas en qué creías y por qué lo creías, vuelves a ver a los antiguos amigos, a los profesores, a tus recién resucitados padres. 
Mientras tu mente viaja, en el planeta tierra sonríes. El blanco y negro de los recuerdos enterrados se tiñe con los colores más vivos de la paleta cromática. Revives todo lo bueno, pero también haces un repaso por todos los tropiezos del camino, por todas las advertencias, por los corazones rotos, por las traiciones, por las pérdidas… Esperas en silencio. Se te acaba de pasar por la mente que todo eso también es bueno y que, a pesar del dolor, es lo que ha ayudado a construirte tal y como eres hoy, con tus más y tus menos.
        Abres los ojos y te asustas porque no estás en tu habitación. Al menos no en la de siempre. Crees reconocer entonces tu antiguo dormitorio, el de la casa del pueblo. Lo examinas todo, tus pósters de Michael Jackson, los viejos discos que aún conservas (cuando aún existían los CDs, ¿recuerdas?), hasta que te detienes en algo que provoca una aguda punzada de dolor en tu corazón. Observas aquel bastón apoyado sobre tu mesilla de noche, el bastón de tu abuelo. En la tierra, una lágrima se deja caer por el tobogán de tu mejilla derecha. Lo visualizas a él, contándote historias improvisadas, dignas de un Pullitzer, a la luz de las farolas de la calle. Casi lo puedes tocar, pero se va desvaneciendo. Vuelve la oscuridad y recuerdas que tendréis una despedida pendiente para toda la eternidad. 
        Vuelves a la tierra para hacer un pequeño descanso y te enjugas las lágrimas con la manga de la sudadera. Extraes ahora un taco de fotos, sí, de aquella época en la que las fotos se imprimían sobre papel. Observas los rostros de aquellos que te vieron crecer y aparecen en movimiento dentro de tu mente. Continúas el viaje. Te lamentas por los dos que murieron, te ríes por lo mal que ha envejecido Fulanito y sientes un escalofrío al darte cuenta de que hace más de 30 años que no tienes ni idea de la vida de la mayoría. ¿Qué habrá sido de este? ¿Y de aquel? 
¡Eh! Te paras en quien fue tu mejor amigo de la infancia y revives en un instante todo lo que aún conservas de él en tu cerebro. Mientras tanto, las lágrimas siguen brotando. Ves entonces una foto de familia. En ella apareces con tus hermanos y tus padres en la playa. Los huecos vacíos se llenan y te acuerdas también de la abuela. Agradeces el haberla tenido hasta bien mayor cerca de ti, a la vez que te das cuenta de que fue la única persona sobre la tierra que alguna vez tuvo todo tu amor. Ríes, porque lo tuvo... y lo tiene, en presente. 
        Dejas las fotos a un lado y extraes todos los billetes de tren (sí, de cuando la hierba no cubría aún las viejas y obsoletas vías de ferrocarril). Recuerdas, sorprendiéndote a ti mismo, todos y cada uno de aquellos viajes. Estabas en lo cierto cuando creías que algunos no tendrían fin. Además, pese a que están repletos de caras menos cercanas, también te preguntas qué les deparó el destino. 
        Poco a poco te vas dejando llevar por aquella jornada incorpórea, mientras extraes el resto del contenido de la caja. Muy en el fondo de tu mente, donde habita tu subconsciente, piensas en cómo murió lo que había sido tu rutina, sin darte cuenta. Piensas en cómo perecieron todos los momentos que solían componer tu día a día, monótonos, desvalorizados y despreciados… ¡Y cómo lo lamentas! Meditas acerca de cómo ansiabas alcanzar una felicidad que estaba justamente delante de ti, y de cómo tu concepto de felicidad fue tristemente cambiando y apartándose con el paso de los años. Lo dejaste a un lado, cogiendo polvo.Te das cuenta del valor real que tenían cada una de las cosas que llegaste a odiar, y culpas a la distancia de ser el punto de inflexión. De nuevo, en lo más profundo de tu ser, sabes que el punto de inflexión fuiste tú mismo. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

DÍA 17

. Con el nuevo año recién estrenado, me recosté sobre su pecho mientras él se quedaba dormido. Desde allí, levanté la mirada con la admirac...