domingo, 17 de diciembre de 2017

DÍA 7


    Buenas noches. Llevo desde que publiqué la última entrada dándole vueltas al tema sobre el que podría hablar en esta, y, bueno, para evitar sacaros del ambiente creado en la publicación anterior voy a hacerlas correlativas en cuanto a contenido. Por ello, voy a hablar de la Nochevieja que ya os mencioné. Estoy tan cansado esta noche que ni siquiera voy a hacer resumen de la semana o del día. Intentaré ir al grano.

    Lo que os voy a contar en los próximos párrafos son, como ya señalé, los hechos que presagiaron cómo de mal se comportaría el nuevo año conmigo. Aquel 31 de diciembre de hace dos años es, sin duda, uno de los peores días de mi vida, así que espero que abrirme en canal sirva para ayudar a sanar las heridas aún abiertas.

    Creo que no os he contado que las fiestas no son lo mío. No bebo a menudo y, cuando lo hago, tardo mucho tiempo en volver a verme en otra. Sea donde sea la fiesta, probablemente me encontraréis en la puerta o, si existe un parque cerca, sentado en un banco (sí, aunque haga muchísimo frío, como era el caso aquella noche).

    Una de mis mejores amigas estaba afuera, tirándole la caña al chico que por aquel entonces le gustaba. Ahí vi la oportunidad de oro para salirme por enésima vez de la fiesta. No me importaba estar de “sujetavelas”, la verdad, me apetecía charlar un rato. Sorprendentemente, la encontré sola, esperándome en el portal del edificio con los brazos cruzados en un gesto de estar pasando frío. La saludé y nos dirigimos hacia la derecha, de camino a la acequia más cercana, donde nos reuniríamos con el otro chico. Aquí llegó lo bueno.

    Mis recuerdos me traicionan, porque no es algo que me guste recordar a menudo, pero en mi mente se me muestra a dos chicos saliendo de la oscuridad, de la nada. Sin duda, de ahí probablemente vendrían. Se acercaron a nosotros dos. Mientras que el más alto de los dos llevaba unas copas de más, el otro (el peor de ambos) iba tremendamente borracho. Como era de esperar, lo primero que hizo el de menor estatura fue mirar de arriba a abajo a mi amiga. La escaneó. Acto seguido, le dijo entre risas encantadoras lo guapa que estaba y lo bien vestida que iba. Ella, con expresión tímida, le sonrió y dio las gracias. Cambió la expresión de su faz morena y entonces su mirada se cruzó con la mía. No lo conocía de nada, pero se acercó a saludarme y me tendió la mano. Se la estreché. Parecía todo muy cordial, hasta que me preguntó en tono de curiosidad que si era verdad que yo era maricón. Creo que permanecí callado un rato y finalmente asentí (no es algo que grite a los cuatro vientos, pero obviamente tampoco me avergüenza). Me preguntó que qué veía en los tíos, que si me gustaban gordas y venosas. Creo que no lograba asimilar muy bien que no me gustasen “un buen par de tetas”. Me lo puso de manifiesto el resto de la interminable conversación, a lo largo de la cual se seguiría refiriendo a mi como el “mariquita” o el “maricón”. No era la primera vez que me lo llamaban, ni sería la última, por lo que, aunque estaba siendo un mal trago, no era nada que no pudiera sobrellevar. Lo peor llegó cuando empezó el contacto físico y comenzó a agarrarme la cara en gesto supuestamente cariñoso. Lo siguiente ya fue darme manotazos en la espalda. El decía que eran “de colegueo”, pero fueron varios y cada uno tenía más intensidad que el anterior. Tenía unas ganas increíbles de llorar. ¿Mi amiga? Creo que entre que tiende a suavizar todas las situaciones graves y que estaba tan asustada como yo, se veía incapaz de decir algo o responderles. Yo, igualmente, no tenía ni idea de cómo enfrentarme a la situación. Bajaba la cabeza, asentía y esperaba pacientemente que la charla no se alargase mucho más, pero los manotazos continuaron. Me preguntaba que si nos molestaban, que si quería que se fueran, pero las respuestas obligadas eran un ‘no’ y un ‘sí’, respectivamente. Mientras tanto, su amigo reía. Se fumó un par de cigarrillos, pero no dijo nada durante toda la conversación. Nos dijo que prosiguiéramos nuestro camino a la acequia, que nos seguirían. Mientras anduvimos y pensando que no me daría cuenta, comenzó a escupirme en la espalda, una y otra vez. No sé cómo me atreví a preguntarle que qué narices hacía. Me dijo que no me preocupara, que había sido sin querer. ¿Cómo coño se escupe sin querer? Sus preguntas hirientes, su amigo y el ambiente tenso se quedaron un rato más. Cuando nuestras esperanzas de pasar el resto de la noche cómodos se habían ido, ellos se desvanecieron, como cuando te despiertas de una pesadilla. Pero no, aquello había sido real. Lo que quedaba de noche estuvimos mi amiga, su rollo y yo sentados en una plazuela de los alrededores. Ella los defendía, a ratos me decía que había malinterpretado su intención o que no se había dado cuenta de nada, aunque otras veces me decía que sentía mucho no haber dicho nada. Sea como sea, todo eso mientras yo lloraba desconsoladamente. No denuncié por homofobia porque me pareció excesivo y porque, comparado con lo que otros muchos chavales sufren, sigo sin considerarlo una agresión homófoba.

    En base a todo ello se me ocurre a menudo preguntar: ¿Por qué muchos tenemos que soportar este tipo de situaciones? ¿Por qué tenemos que tener miedo a que un grupo de chicos jóvenes nos vean agarrados de la mano a mi pareja y a mí? ¿Por qué tengo que tener miedo a los “mayores” que se agolpan en la puerta a la salida de clases? ¿Qué derecho hay? Espero que vosotros tengáis la respuesta, porque yo todavía no la he encontrado. Gracias a Dios, a mis 18 años me considero lo suficientemente inmunizado a esta clase de agujeros negros de la sociedad y los insultos no me afectan ya psicológicamente, pero otros muchos no tienen esa suerte. Estoy hablando de los niños que pasan los 6 años de primaria bajo la sombra inminente de la palabra ‘marica’. Hablo de esos mismos niños, que luego crecen y temen enfrentarse a la realidad y afrontar cómo realmente son. Por desgracia, conozco casos reales de todo lo dicho. Lo más reciente que se me ocurre se remonta al fin de semana pasado. Mi compañera de piso me habló del caso de un amigo de su hermana pequeña. Por lo visto, el insulto mágico se cierne sobre él bastante a menudo en clase, en el recreo, e incluso en la catequesis. Se ríen de él por algo que no es, ni mucho menos, motivo de risa. Mientras tanto, los más mayores simplemente observan, porque temen tener que hacer frente a la ira de los otros padres. El término padre, además de hacer referencia a un vínculo genético, también referencia a aquella persona que cría y educa a su vástago. Por ello, me voy a tomar la libertad de poner en duda la aplicación de la palabra “padre” sobre aquellas personas que orientan a sus hijos en la desigualdad, la opresión y la creación de inseguridades en el prójimo. Habéis fracasado.

P.D.: Os recomiendo que veáis la película ‘Moonlight’. Es un ‘must’ y da mucho que pensar. Además, tiene 3 Oscars de este año.


         4:48 a.m. del 17 de diciembre de 2017.

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