Todas las relaciones sociales que he tenido desde que tengo uso de razón han tenido un final muy difuso. Vuelvo la vista atrás y echo de menos una discusión definitiva o un “que te jodan, imbécil”. Incluso un texto concluyente por WhatsApp me serviría a estas alturas. Pero, ¿sabéis qué? Nada. Nunca hay nada al final. Las personas que alguna vez he apreciado con toda mi alma siempre se han terminado alejando lentamente. En algún punto, sin que yo me de cuenta, la gravedad en su territorio se desvanece y ahí siguen, flotando en el aire.
Los límites que nos establecían como novios, amigos o mejores amigos se terminan por difuminar y, por más que lo intento, soy incapaz de comprobar si aún somos algo de eso o si, por el contrario, nos hemos vuelto simples conocidos que mantienen una relación de cordialidad por el bien de los demás.
Todas esas personas siguen, al margen de la profundidad infinita de mis pensamientos y con la vista al frente, flotando indefinidamente sobre mi. Entre cada canción que escribo sobre ello, entre cada palabra de mi libro inconcluso, me llegan pequeñas ráfagas de información sobre sus nuevas vidas sin mi. Habría sido genial que nuestras relaciones terminasen en aislamiento e incomunicación, porque cada una de esas ráfagas se clavan sobre mi corazón como flechas envenenadas. Muchas son tan simples como un nuevo corte de pelo, una nueva asignatura suspensa o un partido perdido. Por desgracia, esas suelen ser una minoría. Casi siempre se trata de situaciones de las que, en otro tiempo, habría sido el primero en enterarme: un cambio de carrera, de ciudad, una nueva pareja, la reaparición de la chica de siempre o una fecha letal a mediados de febrero.
Qué se le va a hacer. La naturaleza sigue su curso. El corazón entierra los sentimientos para auto-sanarse y, ahora, como en dos mil dieciséis, es mi turno de reflexionar, reprimir mi impulsividad, bajar la cabeza y escribir. Escribir mucho. De hacerlo hasta que las cicatrices apenas se vean y las estrías del viejo adolescente en crecimiento se hayan terminado de cerrar.
El peor trago fue convertir el jarrón que contenía las lágrimas de los últimos meses en un potente tintero. El que ahora uso para escribir estas líneas. El mismo que utilizo y utilizaré durante las próximas semanas para dar forma a ‘OLD SCHOOL DRAMA’.
No suelo tener nunca nada claro sobre mi mismo, excepto lo siguiente. El día que pierda la capacidad de poder expresar cómo me siento de forma completamente explícita será el día en que muera. Hasta entonces -y al margen de cualquier opinión externa- seguiré escribiendo letras con un alto contenido en morfina y una pequeña, a la vez que eficaz, cantidad de veneno. Art imitates life.
“Kristen, come right back.
I’ve been waiting for you
[...]”
Miércoles 23 de enero de 2019. 4:21a.m.

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